RELATOS VENECIANOS
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 VENECIA

Venecia es, sin duda, una de las ciudades más poéticas de la tierra. No sólo por su indiscutible belleza y su entorno mágico y casi irreal, también porque los elementos que la componen parecen estar llenos de significados que van más allá de si mismos: los reflejos del agua, los puentes, las máscaras etc. poseen una inagotable capacidad de sugerencia simbólica. Y así, de mi última visita a la ciudad y, sobre todo, de este sentido polisémico de Venecia, nacieron estos cuatro relatos hiperbreves que hoy tengo el gusto de presentar aquí.


1

Hugo Fóscoro llegó a Venecia y vivió la noche de amor más tierna y, al mismo tiempo, loca y pasional de su vida. También compuso el poema con el que siempre había soñado, el único por el que se le recordaría por los siglos de los siglos.
Cuando sorprendido y cansado se llevó una mano a la frente, recordó que, al desembarcar, alguien le había dado una máscara...


2

Auque fue el más rico y esplendoroso de Venecia durante el siglo XVIII- barandillas bañadas en oro y recubiertas de diamantes y rubíes- todo el mundo, no se sabía por qué, evitaba cruzar el Puente del Porvenir. Un día el filósofo enciclopedista Giovanni di Lucca, perseguido por unos sicarios, lo atravesó al galope...
Dicen que no volvió a hablar ni a escribir y que una extraña sombra veló para siempre su mirada azul y extraviada de loco.


3

Cuentan que el emperador Carlos V estaba tan agradecido a Venecia por su ayuda decisiva en la victoria contra los turcos, que decidió emplear el inmenso botín en la limpieza sus aguas. Y se afanó con tanto esmero en la tarea que pronto, más que aguas, parecían un luciente espejo de absoluta nitidez donde Venecia, constantemente, se veía a sí misma. Dicen que al poco tiempo todos – pobres y ricos- comenzaron a echar fango a los canales.


4

Se lamentan de que todo pasa, de que todo sucumbe ante el huracán arrollador del tiempo y de que ni siquiera el amor, por muy grande que sea, permanece.
Sin embargo, cuentan que una vez existió un pintor que alcanzó tal maestría en la técnica del grabado que supo inventar una plancha capaz de grabar sobre las aguas. El hecho no tardó en llegar a los oídos del emperador, que le encargó que grabara su rostro en el centro de los canales. El pintor le respondió que sólo estaba dispuesto a hacerlo con su propio rostro y el de su amada, pues solamente un gran amor, y nunca la tiranía, era digno de la inmortalidad. El emperador se enfureció mucho al oír esto y encargó al Dux que ejecutara al pintor, perdiéndose el secreto de su plancha mágica, pues la destruyó en cuanto supo de las intenciones de la “marioneta”.
Los historiadores venecianos dicen que nunca la empleó. Sin embargo, muchos enamorados cuentan la misma historia: un día de verano se asomaron al Gran Canal junto al Puente Rialto y, cuando un rayo de sol clareó súbitamente la superficie del agua, vieron suplantado el reflejo de sus rostros por los trazos difuminados y sonrientes de otro hombre y otra mujer...
¿Extraños fantasmas o a caso los semblantes del pintor y su amada, tatuados para siempre sobre la piel de Venecia?



Jorge Díaz Leza
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