CUADERNO DE VIAJE
 
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Una colonia llamada revolución
(guaracha de la Habana-2)
 Texto y fotos:  Carlos Díaz Marquina 
www.diazmarquina.com

El Vedado es de concepto americano. Es una cuadrícula de números y letras desde el Hotel Nacional hasta la Chorrera. El “skyline” habanero son las torres de los hoteles: el Hilton, que ahora denominan Habana Libre, el Ribiera, Focsa, otros esbeltos edificios de hormigón, hierro y cristal. Comparten el espacio con mansiones decrépitas, restos de una ciudad profundamente hermosa abandonada a los elementos. Van necesitando algo más que una mano de pintura. La zona ha dejado de estar dominada por la Mafia para ser controlada por el aparato represor. Parece como si siempre tuviera que estar subyugada y no pudiera gozar de un poco de libertad.

En una de esas casas vivían unos amigos de los padres de mi amigo Angel. Estuvieron invitados por ellos y nos acercamos a devolverles la visita. Ella era anestesista y él ingeniero. Ganaban sueldos de 400 pesos, una enormidad. Pero si traduces que un peso convertible son veinticuatro pesos cubanos ya va descendiendo el poder adquisitivo. Al final, 400 pesos daban para poco. Cuando les regalamos una botella de brandy y otra de ron se alegraron mucho. El ingeniero preparó los mejores daiquiris con sal que he probado en mi vida. No tenían azúcar. El principal productor de azúcar de caña del mundo lo tenía racionado para sus habitantes. Años después se marcharon a España. Los hijos prefirieron continuar en su tierra: no volvimos a saber de su suerte.

Bares, clubes, tiendas desaprovisionadas y cierto movimiento son la tónica de sus manzanas cuadradas.

En Nueva York la calle principal es la Quinta Avenida. La Habana no podía ser menos y en Miramar, al oeste del arroyo Almendares, la Quinta es la sede de embajadas y organismos públicos. Es de aire señorial.

Por la Avenida, todo recto, hasta la Marina Hemingway. Ese recorrido se repetía infinidad de veces en nuestra estancia el siglo pasado, hará quince años. Allí teníamos el hotel y desde allí nos desplazábamos al centro. Habría anécdotas para llenar un libro.

Los paladares son un tenue guiño a la iniciativa privada. Cuadra poco la severidad del régimen comunista con el espíritu gozador de este pueblo. Es cierto que si en algún lugar del mundo preexistía un régimen de comunidad era en América. Pero no, no termino de verlo. Aunque cosas más extrañas se encuentran.

El cubano es despierto, emprendedor, buen negociante. Estas cualidades se han ido disolviendo con la inmersión burocrática. Donde han ido han triunfado. Y los paladares potencian ese deseo de diferenciarse.

Para comer bien el paladar es una buena solución. Comida casera, hecha con cariño, publicidad boca a boca, nunca mejor dicho. Desconozco como rompen el racionamiento y la falta de provisiones de toda la ciudad pero en la mesa habrá un puerquito, buen arroz con frijoles, tasajo y otras delicias. No será fácil que los encuentres sin una referencia de un amigo.

Lo mejor, sin embargo, es la posibilidad de compartir y platicar con una familia habanera: etnología gastronómica. Charlar es el deporte nacional y nadie debería irse de la ciudad ni de la isla sin una buena parrafada con la filosofía cotidiana de nuestros hermanos. El humor y el ingenio ayudarán la digestión bajo un emparrado balanceándote en una mecedora antigua.

Cómo hacer arte con pocos medios o cómo la santería puede impregnar las representaciones culturales de los cubanos son dos de las preguntas que encuentran respuesta en el Callejón de Hamel.

Fernando B. Hamel fue un traficante de armas que llegó a La Habana por casualidad cuando huía de sus perseguidores. Qué relación tiene este fugitivo con el arte no la trazamos fácilmente. Quizá se le recuerde por haber construido casas decentes para sus trabajadores. Porque el barrio por el que nos han metido no es precisamente “de luxe”. Nunca te acercarías por aquí si no buscaras algo fuera de lo común.

Salvador consiguió promover un lugar donde el arte dignificara lo cotidiano. El material reciclado se transforma en obra artística. Una bañera será a partir de ahora “La nave del olvido”. Otra, un banco artístico.

Los muros van a ser murales coloridos. La santería, el mestizaje trasladado a la religión, tiene mucho que ver con esas mutaciones que se producen en este espacio. Algo de magia tienen las producciones. Impresionan los dibujos, los motivos, la imaginación y cierto surrealismo. Poemas y manifiestos se alternan con los colores.

Un grupo anima con su música. Ritmos africanos contumaces amenizan los pasos de los curiosos que buscan algo diferente. Este es el lugar para encontrarlo.

En uno de los patios asoma una mujer oronda con aspecto de santera. Forma un gracioso conjunto con unas pinturas y unos adornos de la pared. Intento hacerle una foto y se enfurece. Seguro que me manda algún conjuro y esta noche perderé el vigor para internarme por las calles. Otra paisana observa divertida la escena.

Más convencional es una exposición de obras de los diferentes artistas. El lado comercial aflora entre tanto espíritu.

Mauro sopla sobre su flequillo. Sólo consigue aventarlo y refrescar ligeramente su frente. Se para, retira el pelo y se asoma al color de la ciudad.

La luz es clara, intensa. El cielo es transparente. Ningún impedimento para los colores puros. Las formas son rotundas. El color oscuro de la piel se resalta con el blanco de las camisas. El blanco queda apagado por otras ropas estridentes: amarillo, rojo, naranja. El color tropical impacta.

Mauro siempre asoció los camellos con el desierto, las tierras secas. Sin embargo, aquí la humedad es constante y el agua es abundante. Es un contrasentido. Pero los camellos de esta ciudad no son como los de las estampas. Sí, transportan gente, son de cabeza poderosa y joroba prominente. Lo que no le cuadra es que sean de metal, vayan sobre ruedas y expulsen unos gases contundentes, con perdón. Estos camellos son como autobuses urbanos lentos y pleistocénicos. Un camello tradicional no podría transportar un tropel tan inmenso de personas.

Hemingway sí estuvo aquí.

Durante casi dos siglos Floridita ha recibido a los más célebres personajes del mundo. Ninguno ha sido capaz de mover su banqueta ni de romper la simbiosis entre local y cliente que Floridita mantuvo con el barbudo Premio Nóbel. Quizá fue una de sus conquistas y que la seducción de la decoración Regency de los años 50 tocara lo más profundo de su corazón.

Recuerdo que nos lo mostró a principios de los 90 el Licenciado Trasancos. Una mentira algo menos que piadosa nos abrió sus puertas en un momento en que estaba casi vacío. Otra noche regresamos para comprobar que era parte de la vida nocturna de La Habana.

Siéntate y toma uno de sus daiquiris. Cierra los ojos y trasládate a los años 50. Acopla a tu cuerpo un smoking y tu pareja un fino traje de noche. Salid a bailar como lo harían Fred Astaire y Ginger Rogers. Disfruta hasta el amanecer.

Realmente, Hemingway nunca se fue.

Tropicana, cabaret bajo las estrellas. Símbolo del placer.

Hace muchos años que fui testigo de su esplendor ajado: un tren de piernas, senos y muslos, una descarga de trompetas, las plumas que se pavoneaban en el escenario, un humorista con algunos chistes graciosos, el número del palo maguayo, figurantes y vedettes, un hueco para que bailara el público, vuelta de los profesionales del baile, el show convertido en una conga, salta un bolero interpretado por una voz engolada, picardías que insinúan una noche gloriosa, luces que iluminaban el escenario, coristas al ritmo de la orquesta, un solo foco sobre la estrella invitada, un sorbo a la copa, cambio de ritmo, un guiño, satisfacción…

Las Vegas, Club 21, los cabarets de nombres de santos, los nombres rimbombantes, al final, el que queda en la mente de los noctámbulos es Tropicana.

Los grandes nombres del espectáculo se asocian con Tropicana: Beny Moré, Antonio Machín, Nat King Cole y un largo etcétera. Aquel glamour pasó pero algo retiene.

El número de firmas es incontable. En los muros no queda ni el más mínimo espacio en blanco. Te puedes entretener en diferenciar los de los famosos de los de los turistas mientras saboreas un mojito. Ron, hierbabuena, azúcar y gaseosa (algo más especial) te pondrán en contacto con el sabor cubano. Para ambientarte más, un cuarteto interpreta melodías sabrosonas: sones, montunos, boleros... Este también era uno de los lugares favoritos de Hemingway y de los visitantes a la isla que buscaban gente bien en un ambiente distendido. Allí está su foto, sólo, acompañado por Castro.

No te aconsejo la comida. La probamos hace años y no pasó la prueba. El tasajo estaba infame.

Beby, Tony y yo nos infiltramos entre el gentío, nos situamos a prudente distancia del grupo y sorbemos nuestros mojitos. La música cubana ameniza la noche en “La bodeguita del medio” La han copiado, la han exportado pero el original mantiene su sabor. A pesar de que el mogollón de turistas le hace perder un poco de encanto.

Olimpia observa los coches. Los coches son dinosaurios. Los dinosaurios son asmáticos. El movimiento les cuesta una enormidad. No siempre disponen de gasolina. El racionamiento les afecta muy directamente. La gasolina es un bien escaso. Da la impresión de que sus carnes de chapa van a desguazarse en cualquier momento. Pero ahí siguen por años. Y a Olimpia le puede la curiosidad.

Realmente se miran con envidia. Los coches de época trasladan a otro tiempo y prestan a la ciudad un aspecto singular, una seña de identidad. También generan envidia en los que se ven obligados a transitar en bicicletas chinas o a montar en un volquete o un camión para llegar al trabajo o al hogar.

Son coches americanos de los 50, con prestancia, de ricos, los “aigas”, como se denominó a los que traían de regreso nuestros indianos ricos. Ahora no son un signo de fortuna, sino de supervivencia. La de un pueblo en continuo “periodo especial”.

Es como si se hubiera acabado el mitin y todo el mundo hubiera regresado a casa. La gran Plaza de la Revolución presenta un aspecto solitario. El rostro del Che le hace compañía desde la fachada de uno de los edificios. José Martí queda meditabundo a la sombra de la torre de trazas soviéticas. Hace bien porque el sol derretiría su levita en un instante.

Imagina la plaza totalmente abarrotada. El Comandante arenga a las masas con uno de sus discursos interminables y resalta los logros de la Revolución en su lucha contra el Imperialismo. El discurso va calando en las mentes y en las piernas. A falta de pan buenas son las palabras, aunque alimentan menos.

No hay un solo coche aparcado. Tan sólo un mini taxi en forma de huevo naranja. Antonio y yo nos montamos en él. Abrasa. Para expresar la soledad sólo hay que mirar al frente. Es lo que hacemos los cuatro.

El Malecón serpentea junto a la costa y separa las casas de las olas. El mar es el protagonista que abraza a la actriz principal, la ciudad.

Yemayá es la diosa del mar y protectora de los marineros. Su otro nombre es el de Virgen de Regla, patrona de la Bahía de La Habana. Yemayá flota por encima del Malecón.

Este paseo marítimo convierte a La Habana en la gemela de Cádiz. Hasta se atrevieron en una película de James Bond a suplantar a una por otra. Sólo quien conoce bien los dos malecones se daría cuenta. El uso es el mismo.

Al caer la noche se abarrota de gente y pierde su soledad soleada. Su barandilla se puebla de amantes que se abrazan contemplando el mar. O de personas que no saben hacer nada mejor que contemplar a la gente que pasa y platicar un rato con quien el azar le traiga.

Dicen que la mejor herencia de los españoles fue la mulata. Y no falta razón a quien lo dijera. El andar felino de las mulatas, su desparpajo y su sensualidad son inigualables. Se mueven con soltura por los anchos carriles del Malecón. A la busca y captura de un amante por una noche. Las invadirán de piropos desde las ventanillas de los carros.

Si te animas a caminar te asaltará una tropa de “hermanos” que buscarán tu compañía, más o menos interesada. La compañía gratuita es la del mar, que ya sabes que está divinizado por Yemayá. Los edificios se mostrarán menos deteriorados y aun podrás apreciar sus buenas hechuras y sus colores intensos. Sus interiores no gozarán de demasiada pintura.

El Malecón hay que vivirlo.

De La Habana salía la flota con las riquezas del continente. Aquí se encontraban procedentes de Perú, de México, de Cartagena de Indias los galeones que transportaban el oro y la plata, las joyas y las curiosidades. Hasta Sevilla o Cádiz. En Génova eran enterradas, según el poema de Quevedo.

Una plaza tan importante estaba bien protegida. El puerto natural contribuía poderosamente. La mano de los ingenieros militares diseñó un sistema de defensas casi inexpugnable. La entrada la protegían el Castillo del Morro y el de San Salvador. Si sobrepasaba el enemigo este punto afrontaría en el Canal la artillería del Castillo de San Carlos de la Cabaña. Entre San Salvador y el Castillo de la Fuerza, la muralla. Las garitas redondeadas atestiguan el emplazamiento. En la Ensenada de Alares, en su extremo, otro castillo. Atacar La Habana no era cuestión de valentía sino de locura. El fracaso era la consecuencia.

Tan importante era que cuando la perdieron la intercambiaron a los ingleses por La Florida. Cuando nuestro imperio se redujo a esta isla, Puerto Rico, las Filipinas y poco más, las mercancías que de aquí salían le dieron un nuevo lustre. El puerto siempre fue la herramienta de su prosperidad. Esa prosperidad tiene ahora forma de crucero.

Arrancan los colores reververantes y los pegan a los cuadros. Y esa interpretación se exhibe y se vende en un mercadillo saturado de tonalidades y de gente.

Es la última mañana. Buscamos un recuerdo y aquí lo encontraremos. Beby y Tony tienen aun casa que adornar y amigos y familiares a los que contentar, por lo que se adentran en la marabunta de clientes y vendedores.

Al cielo le han impuesto una banda de nubes como premio a su constancia. Sin embargo, es insuficiente y el calor es tremendo. Bajo las telas y lonas de los puestos se concentra una temperatura que satura el cuerpo.

Los cuadros son de interpretación sencilla, de tendencia algo infantil o de arriesgado vanguardismo. Reina en ellos lo popular, lo cotidiano, las calles y gentes de La Habana. Llevarse un cuadro es salvar un pedacito de los recuerdos de la ciudad.

Pulseras, collares, pendientes, carey clandestino, artesanías varias son objeto de deseo. El español siempre es buen comprador allá donde vaya. Para qué va a volver a cambiar los pesos convertibles si la comisión es alta, se justifica. Beby me ayuda con los regalos para mis amigas, Tony ha desaparecido en los puestos cercanos. Un pequeño cargamento será nuestro botín de visitantes pacíficos.

¿Qué tiene esta ciudad para hacerla subyugante? Quizá nos lo preguntamos todos ante la última visión de la ciudad.

Sales de La Habana y una parte de ti quedará en ella. Suena en nuestra cabeza alguna melodía melancólica que recoge nuestros sentimientos. La tristeza es siempre buena compañera para la letra de una canción.

Desde la cubierta más alta la ciudad es una sucesión de tejados y terrazas. La cúpula del Capitolio, las torres de las iglesias, los baluartes y fortalezas, las cimas de los edificios más señeros son los hitos del adiós.

Aunque ninguno de nosotros derrama una lágrima nuestro sentir es evidente: volver.

Ver la entrega 1

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